Facundo Pivetti
Analista Internacional de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios
Una de las lecciones fundamentales que hemos aprendido a lo largo de las últimas décadas es que el mundo que conocemos, con la distribución del poder del sistema internacional, sus equilibrios y el entramado de instituciones que lo ordenan, puede transformarse mucho más rápido de lo que imaginamos. Durante años, aun frente a crisis y cambios importantes, buena parte de esas bases parecieron conservar cierta estabilidad. Hoy, en cambio, estamos frente a un escenario en el que son justamente esas constantes las que comienzan a ser puestas en discusión.
En los últimos 30 años, empresas y gobiernos pudieron tomar decisiones partiendo de ciertos supuestos relativamente estables: la apertura de mercados, cadenas globales crecientes, predominio occidental, reglas multilaterales y una mirada social mayormente favorable hacia la integración y el intercambio transfronterizo. Hoy muchos de esos supuestos han dejado de ser certezas.
Estamos ante una reconfiguración del sistema internacional con China como potencia quecada vez más desafía el predominio económico, militar y científico-tecnológico que aúnmantienen los Estados Unidos. Esto no es solamente una percepción: en 2025, se reportó que el PIB chino alcanzó los USD 19,5 billones frente a los USD 30,8 billones de Estados Unidos. China fue además el segundo país con mayor gasto militar del mundo, con USD 336.000 millones, todavía lejos de los USD 954.000 millones de Estados Unidos y encabezó las solicitudes internacionales de patentes bajo el sistema PCT con más de 73.000presentaciones, por encima de las más de 52.000 estadounidenses.
Estas son algunas señales del fin del momento unipolar y la transición hacia una creciente bipolarización global en torno a Estados Unidos y China a la que estamos asistiendo. Esto no significa que el mundo se reduzca a sólo estos dos actores, también existen grandes potencias y potencias regionales capaces de condicionar sus respectivos entornos, aunque las superpotencias conservan una capacidad diferencial para proyectar poder, estructurar alianzas y condicionar las decisiones de otros actores.
Considero que la distinción de los teóricos Barry Buzan y Ole Wæver entre superpotencias, grandes potencias y potencias regionales es muy útil para comprender un sistema estructurado globalmente, pero atravesado por dinámicas regionales propias⁴, como en la actualidad se observa principalmente en Europa y en Asia.
Desde la mirada del decision-maker, conocer los intereses económicos propios de una nación constituye apenas una parte del análisis. Considero hoy más que nunca necesario tener un claro entendimiento de cómo se redistribuye el poder, qué actores resultan esenciales para la seguridad de una Nación, de qué mercados ésta depende y con quiénes le es posible desarrollar una relación relativamente previsible.
Las decisiones sobre inversiones, cadenas de suministro, minerales críticos, energía, tecnología e infraestructura están cada vez más condicionadas por cuestiones de seguridad, alianzas y rivalidades estratégicas. Una expresión de este fenómeno es el friendshoring, que en breves palabras es la tendencia a privilegiar cadenas de suministro e inversiones entre países considerados política o estratégicamente confiables.
Un estudio de Arti Grover y Pierre-Louis Vézina publicado en 2026 encontró que el efecto negativo de la distancia geopolítica sobre la inversión extranjera directa se duplicó desde 2011 y que esta tendencia no se limita a sectores considerados estratégicos. La proximidad geográfica comienza así a convivir con otra variable cada vez más relevante: la confiabilidad política del socio.
«Personalmente, no creo que esto implique el fin de la globalización, pero sí que estamos frente a una globalización cada vez más condicionada por la geopolítica.»
Aparece entonces otra consecuencia directa: cuando cambia la distribución del poder, también se tensionan las instituciones construidas bajo la distribución anterior. John Mearsheimer sostiene que las instituciones internacionales no constituyen actores autónomos capaces de neutralizar la política de poder de los Estados, mientras que Robert Gilpin explicó cómo las transformaciones en esa distribución generan tensiones entre las estructuras existentes y las nuevas realidades del sistema. No es necesario adherir plenamente a los postulados del realismo para observar que algo de esta lógica está presente hoy.
La Organización Mundial del Comercio es quizá el ejemplo más evidente ya que continúa siendo central para el funcionamiento del comercio global, pero opera en un escenario cada vez más desafiante. Su propio Informe sobre el Comercio Mundial 2026 estima que una fragmentación del comercio en bloques geopolíticamente alineados podría reducir el PIB mundial un 5,1% y las exportaciones globales un 18,6%. Son cifras que muestran el costo concreto de reemplazar reglas compartidas por relaciones comerciales crecientemente fragmentadas en función de alineamientos y rivalidades geopolíticas.
Es precisamente en este contexto donde adquiere valor lo que propongo llamar “oasis de estabilidad”.
Entiendo por oasis de estabilidad aquellos espacios institucionalizados de relación entre Estados que, dentro de un sistema internacional caracterizado por la incertidumbre, la competencia y la fragmentación, permiten preservar un grado de previsibilidad mediante reglas compartidas, compromisos duraderos y mecanismos de cooperación y solución de controversias. Estos oasis no detienen la transformación del sistema internacional ni son necesariamente alternativas revisionistas al orden existente, pero sí pueden reducir parte de la incertidumbre que genera ese proceso de transformación sistémica.
La historia ofrece antecedentes de esta lógica. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero nació en una Europa que comenzaba a dividirse bajo las lógicas de la Guerra Fría y buscó institucionalizar la cooperación entre países que pocos años antes se habían enfrentado militarmente. Algo similar ocurrió, desde otra dimensión con el GATT, que preservó un espacio de reglas comerciales comunes durante buena parte de un sistema internacional fuertemente bipolarizado.
En el presente, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur es un buen ejemplo. Estanegociación comenzó en 1999, en un mundo muy diferente del actual. Más de veinticinco años después, el Acuerdo Interino de Comercio comenzó a aplicarse provisionalmente el 1 de mayo de 2026. Su valor, sin embargo, no puede medirse únicamente por los aranceles que elimina o por el volumen de comercio que involucra.
Europa atraviesa una situación donde necesita revisar quiénes son sus socios en un escenario marcado por la guerra en Ucrania, las tensiones con Rusia, las diferencias transatlánticas y una competencia global cada vez más intensa. El Mercosur, por su parte, necesita diversificar mercados y ampliar sus márgenes de inserción internacional. Ambos bloques debieron administrar (y aún deben enfrentar) resistencias internas, desde sectores agrícolas europeos hasta sectores industriales sudamericanos, para obtener algo cuyo valor muchas veces resulta menos tangible: la cada vez más inusual previsibilidad.
Esta es, a mi entender, la verdadera dimensión geopolítica del acuerdo. Su valor aumenta a medida que disminuye la estabilidad del entorno que lo rodea. El acuerdo UE-Mercosur es hoy más valioso que en 1999, precisamente porque el mundo es menos previsible.
No sabemos exactamente cómo será el orden internacional dentro de diez años. La cuestión ya no es solamente anticipar qué mundo emergerá, sino estar preparados para actuar en distintos escenarios, incluido el aquí y el ahora. En tiempos de reconfiguración del poder, la adaptación deja de ser una virtud para convertirse en una necesidad estratégica. Los acuerdos que generan previsibilidad, diversifican relaciones y construyen confianza tal vez no puedan detener la incertidumbre global, pero sí ofrecer instrumentos para navegarla. En un mundo donde las certezas comienzan a escasear, construir estos oasis de estabilidad puede convertirse en uno de los instrumentos más valiosos con los que cuenten los Estados para afrontar la incertidumbre.
Nota de la redacción: Las opiniones expresadas en esta tribuna pertenecen exclusivamente a la posición personal del autor y no representan la postura oficial de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios.